Abstracción sobre una consciencia transmigrada o no me llames Dolores, llámame Lola

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Me lo ha repetido un sin número de veces: Lola está muerta. Sí, mi hermana me ha dicho de diferentes maneras, y solo por perturbarme, que mi querida Lola está muerta. Pero no se angustien por mí ni se preocupen. Ese enunciado, por terrible que parezca, no corresponde al deceso que algún ser querido. Lola no es otra cosa que la voz de mi GPS. Permítanme explicarles.

Primero, como uno no debe inferir que todas las personas conocen los mismos término, déjenme establecer una base común para todos y todas. El GPS (Global Positioning System por sus siglas en inglés) no es otra cosa que el Sistema de Posicionamiento Global el cual permite determinar en toda la Tierra la posición de un objeto (una persona, un vehículo) con una precisión de hasta centímetros (si se utiliza GPS diferencial), aunque lo habitual son unos pocos metros de precisión*. Venden diferentes equipos de navegación en el mercado; algunos ya vienen incluidos en los autos; y otros vienen como parte del sistema operativo de los celulares. Este último es mi caso.

Solo hace un par de años logré adquirir mi primer smartphone o teléfono inteligente. Me sentía tan adulta, tan sofisticada. Me leí todas las instrucciones (sí, las leí) y jugué con todas sus funciones. Como parte de ese maravilloso juego estaba utilizar el navegador y lo hice. No recuerdo el primer lugar que visité con la ayuda del GPS, lo que sí recuerdo era la voz de aquella mujer que me daba instrucciones. En su voz parecía detectar algún acentillo español aunque no lograba decifrar de cuál zona: no era catalán, vasco o gallego; tampoco extremeño o andaluz; tal vez madrileño o el acento que utilizan los reporteros en el noticiario. Entonces, recordé a tantas amistades españolas a las que amo encarecidamente y de repente Lola se me hizo familiar, conocida. No, no era Dolores: era Lola. Desde ese momento la nombré y siempre que iba a utilizar el GPS decía «le voy a preguntar a Lola». Llegó el momento en que mis amistades y familiares dejaron de preguntar quién era ella.

Todo era miel sobre hojuelas hasta el día que se descompuso mi celular. Luego de más de dos años, mi teléfono inteligente murió y con él la gran Lola. ¡Qué desconcierto! ¡Qué tristeza me embargó el alma! Tristeza que no me abandonó a pesar de la adquisión de un nuevo teléfono porque en él no estaba la voz de mi Lola. La otra voz no la entendía, aunque me hablara en español. Me irritaba su registro. No podía anticipar cuándo iba a decir «a 500 pies gire a la derecha». Lo sé, lo sé. Les debe parecer una locura, pero así era. Un día no pude más: había que conseguir otra voz. Descubrí que el GPS tenía varias de ellas (de mujer, de hombre, con acento británico, etc.). Y allí, dormida entre las otras voces, estaba Lola. Hice el cambio de la voz del navegador inmediatamente.

Desde entonces, sin importar el equipo androide que tenga en ese momento,   Lola sigue guiando mi trayectoria. Ella es como Póstumo el Transmigrado (novela del escritor puertorriqueño Alejandro Tapia y Rivera): una consciencia que cambia de cuerpo cuando este muere. Vuelvo y les digo que no se preocupen por mi salud mental, la cosa no es para tanto: que sé que Lola es un personaje de ficción, creado a partir de la voz del GPS de mi celular. No obstante, se me hace simpática la idea de una Lola constante y transmigrada. Una Lola viajera que carga con una maleta llena de mapas y que hace caras cada vez que la cuestiono (porque la Lolita es algo temperamental, pero ya les contaré en otra ocasión). Tal vez ella solo sea símbolo de la búsqueda de lo constante en un mundo inconstante; o simplemente es el fruto de una mente fértil en sueños e imaginaciones como lo es la mía.

Ante todo este juego de ficciones, bromas y locuras, mi hermana no deja de perturbarme diciéndome, de todas formas y maneras, que Lola está muerta. Pero, yo no le hago caso. Al contrario, trato de instruirla: que Lola está viva y que siempre lo estará mientras haya un smartphone en mis manos.

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*https://es.wikipedia.org/wiki/Sistema_de_posicionamiento_global

Me he movido

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Es cierto que me he movido lento,

pero me he movido.

Es cierto que he mirado al futuro con recelo

como esperando encontrar nubes grises

en vez de soles.

 

Confieso todo esto y más.

Confieso que me ha dolido la vida

al medir con el alma

la distancia entre mi tierra y mi exilio.

Confieso que he llorado callada

y confieso que no sé si dejaré de hacerlo.

 

Son ciertas tantas cosas de mí

como son muchas las confesiones guardadas.

Solo quiero ser yo,

auténtica y única.

Un Yo que no tenga que disfrazarse de roca

cuando en realidad es frágil cristal,

al menos, por ahora.

 

Sí,

solo por ahora me siento perdida.

Solo por ahora me siento en el exilio.

Solo por ahora siento este dolor

que se traduce en lágrimas,

lágrimas que esculpen delicadas

la estatua de cristal que es mi Yo.

 

 

Respiro lento y profundo.

Sé que todo acabará.

El dolor se transformará

en celebración genuina

y el exilio en hogar.

Entonces, el cristal volverá a ser roca,

el sol brillará como mil soles

y el futuro se presentará alegre,

juguetón y enternecido.

Porque, aunque es cierto que me he movido lento,

¡me he movido!

Invitados en la casa: Claudia, “Morir de vida”

Invitados en la casa: Claudia, autora del blog “Espacio de imágenes y palabras”.

Espacio de imágenes y palabras

En sucesivos y melancólicos pasos insondables

descubro un verso perseguido

áspero, arenoso, indoloro.

La sensación me arruga, me arrincona:

mi incertidumbre.

Despacio, en sensual desolación,

alcanzo un ruido perdido

entre hojas amargas, polvorosas.

De lado a lado

de arriba a arriba

solo un cuerpo solidario

en un alma carnívora e individual.

Padecer, andar a ciegas

que el sol me penetre y que me espante.

Condenar a muerte, sin

juzgar la forma,

a mi sueño imperturbable

fatídico y voraz.

Cuando yo muera de vida y no de tiempo

cuando intuya en mi sombra

un enorme parecido con tu sombra,

intentaré clavar mis pies

y mi cabeza

al borde de una piedra

como humo quieto.

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Un museo al aire libre

Radio-mural

¡Ya van cuatro años! Cómo vuela el tiempo. Hace cuatro años escribí una reflexión para el blog llamada Un museo al aire libre. Después de tanto tiempo, no lo había vuelto a leer hasta hoy. Me motivó releer la publicación una película que tuve la oportunidad de ver hace un par de días: Mona lisa Smile con Julia Robert. La película, entre otros temas y dilemas, nos hace una pregunta ¿qué es el arte? La pregunta puede parecer algo capciosa y simple si lo que viene a nuestra mente es la Capilla Sixtina, la Venus de Nilo, Las meninasFlaming June. Ante esas y muchas obras, la respuesta parece sencilla. ¿Pero, será igualmente fácil la respuesta cuando estamos frente a un mural grafitado en alguna calle de la ciudad?

Refrescando la memoria

Para que no andemos todos tan perdidos, quisiera que releyeran conmigo el post en el que comento sobre mi experiencia con el arte urbano un día que andaba conduciendo para las calles de mi amada San Juan.

Flaming June
“Sol ardiente de junio” de Lord Frederic Leighton, 1895. Museo de Arte de Ponce, PR.

Las veces que he ido al Museo de Arte de Ponce, no he podido evitar la sensación de encantamiento ante el cuadro Sol ardiente de junio. Ante él, quedo toda atontada, atolondrada, maravillada. Trato de poner cara de intelectual o entendida del arte, pero mi rostro solo logra montar una mueca: los ojos algo desorbitados, la boca entreabierta bulbuceando incoherencias y la cabeza ligeramente inclinada. ¡Vaya espectáculo el mío! Es que no puedo dejar de mirarla; de susurrarle al oído lo hermosa que es. Les digo que es todo un espectáculo digno de You Tube.

Cebra alada
Mural pintado al estilo grafiti en San Juan, PR.

 A veces la pintura nos afecta así, a nivel visceral. Sin que sepamos la técnica utilizada, la época o quién la pintó, la misma se estrella contra nuestra razón y los sentimientos. Ahora que lo pienso, creo que eso mismo fue lo que me pasó ayer: un choque visceral contra lo bello. Mientras conducía por las calles de San Juan, encontré las paredes de un estacionamiento sobre las que pintaron gigantescos murales que me dejaron sin aliento. Murales que reflejaban la realidad urbana entre imágenes cotidianas y fantásticas. Detuve el carro para mirarlos, admirarlos… y retratarlos. La intensidad de los colores y las figuras representadas, me dejaron atontada, atolondrada, maravillada. No tenía que poner cara de intelectual; solo contemplarlas en silencio, como conviene a un museo. Al fin y al cabo, estaba en uno: un museo al aire libre, iluminado por el sol de la tarde.

Jennifer urbana y Robot

Que lindo todo, pero ¿qué es arte?

Confieso que todavía pongo cara de atolondrada frente a Flaming June. También confieso que dejé de poner cara de intelectual en los museos. Me concentro solo en el goce. No obstante, la pregunta de qué es el arte regresa a mí fresca y lozana como si el tiempo no pasara sobre ella. ¿Cuántos siglos llevamos haciéndonos la misma pregunta mientras ella parece no haber envejecido ni un segundo? Mucho se ha teorizado sobre el tema. Se han escrito cientos, sino miles, de análisis e investigaciones al respecto. Sin embargo, la respuesta ha sido elusiva hasta el momento. ¿Será que no existe una sola respuesta correcta?

 

Precisamente eso, que no existe una respuesta correcta, es lo que presenta la escena de Mona lisa Smile que les compartí. Ella nos propone acercarnos al arte de manera más natural y orgánica; permitiéndonos sentir curiosidad dejando que el arte no solo cuente su historia sino que nos revele la nuestra. Si venimos a ver el arte no es otra cosa que la manifestación tangible de aquello que consideramos bello y del cual obtenemos disfrute. Una manifestación vulnerable a la sociedad y a los tiempos que le haya tocado vivir. ¿Cuántas veces grupos intelectuales de moda han considerado como «basura» alguna representación artística para más tarde convertirse en una maravilla dentro de su género? Creo que, al final y al cabo, lo importante es la comunicación y el goce. ¿Qué importa si la pieza que amo y me conmueve está en un museo o en las paredes de un estacionamiento? ¿Qué importa si el museo es bajo techo o al aire libre? Si yo lo que busco es la conexión empática entre el autor y mi espíritu. Afortunadamente, esa conexión la podemos experimentar frente a un cuadro, una escultura o un grafiti en el estacionamento de alguna calle convertida en ese instante en un museo al aire libre.

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La corona (a un año del decreto)

La corona

¿Una corona? ¿Y de dónde salió una corona?

Hace un año tuve la oportunidad de compartirles la anécdota que inspiró la publicación llamada La corona. Hoy quisiera compartirla nuevamente con ustedes porque haberla leído otra vez, en este momento, me ha hecho pensar en varioas cosas que quisiera compartir contigo.

«Hoy saqué la corona. Sí, hoy saqué la corona porque era justo y necesario. Y aunque oficialmente no tengo título nobiliario, de vez en cuando tengo que recordarles a las personas quién pone las reglas. (Bueno, al menos en mi cubículo). Trabajo como tutora de Español en una institución universitaria. Ayer, un estudiante vino a pedirme ayuda, a destiempo, sobre un trabajo que debió haber entregado el semestre pasado. Su profesora le concedió la oportunidad de entregárselo ese día. Así que, el chico llegó corriendo a mi oficina para que yo -ya, ahora, en este instante- le corrigiera los acentos. Aunque la misión no parecía complicada, miro su trabajo y descubro, para mi pesar, que el documento estaba plagado de «horrores». No solo tenía errores ortográficos, sino de sintaxis y de sentido. ¡No había quién entendiera eso! Yo, por eso de ser magnánima, me puse de acuerdo con su profesora para que lo pudiera entregar al otro día, lo que me daría tiempo para corregir el trabajo concienzudamente y tener algún tiempo de enseñanza con el estudiante.
– Ven mañana temprano a buscar el trabajo. Recuerda que necesitas tiempo para incorporarle las correcciones antes de imprimirlo.
-No se preocupe, profesora- los estudiantes también me dicen profesora-. Mañana temprano estoy aquí.
El estudiante aseguró que estaría en mi oficina entre 9:30 y 10 de la mañana.

Al otro día, llegó la hora acordada. Esperaba que de un momento a otro apareciera el chico en la oficina. Pasaron las 9:30, las 10:00 y las 11:00 de la mañana. Llegó mi hora de almuerzo y el estudiante no había llegado. Pensé que ya no vendría, así que, me fui a almorzar. Cuando llegué de mi hora de almuerzo, encontré al chico quien me dijo en tono prepotente, y delante de otros estudiantes, «te estuve esperando 45 minutos». «Espérate un momento»- le dije y salí corriendo. Regresé a donde me esperaba el estudiante con su trabajo en la mano y una corona en la cabeza.
-Permítame recordarle que la reina de aquí soy yo. Por lo tanto, las reglas las pongo yo y si usted tuvo que esperar fue porque no cumplió con el acuerdo llegando tarde a su compromiso. Así que, tome su trabajo y arranque por ahí a hacer lo que tenga que hacer.

Las risas ahogadas de los otros estudiantes se convirtieron en la musicalización de aquel entremés teatral. El chico me miraba con cara de asombro y espanto. Imagino que el asombro venía de que no esperaba lo que pasó; y el espanto, de descubrir que a su tutora de Español le faltaba un tornillo.»

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Después de la coronación

¡Cómo somos los seres humanos! ¿Verdad? Podemos ser capaces de las más grandes contradicciones. Atacamos al que nos brinda socorro y menospreciamos al que nos dio su mano. ¿Por qué ocurrirá eso? ¿Será que la humanidad se encierra en sí misma y no reconoce el valor de nadie? ¿Qué nos cuesta respetar y tratar con cortesía a aquellos y aquellas que nos están dando la mano? ¿Por qué insistimos en culpar a otros de nuestros fracasos cuando fue nuestra inacción o irresponsabilidad la que nos llevó a la situación en la que estamos?

Nuestra sociedad parece carecer de las destrezas básicas de convivencia en comunidad. El reconocimiento del Otro no lleva, necesariamente, a una valoración positiva o significativa. Simplemente, el Otro es lo diferente, aquel que no soy yo. Por consiguiente, esa otredad es temida, menospreciada o utilizada sin mayor consideración. El Yo puede llegar a ser un niño malcriado y caprichoso.

Afortunadamente, no todos son así. Conozco a tantas personas respetuosas, sacrificadas; agradecidas hasta con el menor gesto que se haga a su favor. Gente que es capaz de los más altos actos heroicos o de los más grandes actos de amor. Nadie tiene que ponerse una corona para recordarles cómo se trabaja en comunidad o que uno es el arquitecto de su destino. No debemos culpar a nadie de la consecuencia de nuestros actos. Eso es parte del camino hacia la madurez.  Seamos agradecidos, respetemos, tratemos a los demás con cortesía y tomemos las riendas de nuestras vidas. Quién sabe y tal vez llegue el día en que nadie tenga que sacar una corona.

 

Caminando sobre la tierra ©

Pies manchados

Caminando descalza sobre la tierra mojada

pienso solamente en las frías gotas

que se deslizan perezosas

sobre mi piel callada.

 

Mis oídos recogen la sinfónica melodía de la lluvia

mientras mis empapados cabellos

se rinden a la suave caricia del agua fragmentada.

 

Me detengo ante el nublado paraje.

Los pies no deciden su ruta

solo permanecen allí,

como sembrados,

sintiendo la delicada textura de la tierra fresca,

mojada;

olorosa a naturaleza siempre virgen,

siempre nueva.

Mis pies solo se dejan seducir

por el abrazo callado

de todas las raíces de la tierra.

 

Un camino se extiende hacia mí,

sin embargo, mis pies sembrados no se mueven.

La tierra me alimenta el alma

y la lluvia aplaca la sed.

Todo tiene sentido desde la tierra,

desde el agua,

desde esa lluvia que no ha dejado de cantar mi nombre.

 

El paraje me espera,

pero no me muevo.

Yo solo soy cedro,

yo solo soy lluvia,

yo solo soy tierra.

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* Este poema está protegido por las leyes de derechos de autor. Ningún fragmento del mismo puede ser utilizado sin el debido permiso de la autora.

El viejo arte de escribir cartas

El viejo arte de escribir cartas

 

¡Por favor! ¡Qué alguien me diga que recuerda cuando se escribían cartas! Yo lo recuerdo y no soy tan vieja. Soy consciente  de que hay una generación que nació en la era digital en la que hablar de internet, celulares, skype, Facetime, WhatsApp, etc., es lo más normal del mundo. Sé que existen personas que no se pueden imaginar cómo era el mundo antes del celular. También sé que hay otras que el único correo que conocen es el electrónico; que piensan que la dirección postal es solo para llenar documentos oficiales y para que le lleguen a uno las deudas. Esto último sino no sean matriculado en el programa «paperless» de la compañía para que todo se lo envíen al email.

 

Yo sé todo esto, sin embargo, no deja de asombrarme cuando personas de mi generación, o anteriores, se muestran asombradas y confusas cuando les digo que quiero escribir una carta de mi puño y letra o que me gustaría recibir una carta de algún amigo en el buzón. De repente, parece que me salieran monos en la cara por la mirada incrédula de mi interlocutor. 

  • Pero… ¿Tú no lo tienes en Facebook?
  • Sí, lo tengo en Facebook.
  • Pues envíale un mensaje por Messenger.
  • ¿Un mensaje por Messenger? Si yo le escribo por WhatsApp todos los días.
  • ¿Entonces?
  • ¿Entonces qué?
  • ¿Para qué quieres escribirle una carta de papel?
  • Bueno, para hacer algo diferente. No sé, enviarle cosas bonitas.
  • Nena, pues envíale un email con algún video de YouTube o algo así.
  • Pero es que yo quiero enviarle algo tangible; algo que pueda, tocar, admirar y leer de mi puño y letra.

 

Mi interlocutor me mira perplejo, como me mira la empleada de la tienda cuando, en la sección de tarjetas, le pregunto que dónde están los conjuntos de papeles con diseños y sobres para escribir cartas. ¡Es que me mira con una cara! Parece que le dijera “buenas tardes, señora, ¿sería tan amable de indicarme cómo llego al planeta B612? Me urge estar allí para cuidar de mi rosa. Por cierto, ¿no tendrá usted por ahí un par de aves que me preste para volar de regreso a mi planeta?”.

 

En este nuevo mundo tecnológico, donde la gratificación instantánea es la orden del día, el arte de escribir cartas a mano se convierte en algo lejano, confuso e ininteligible. ¿Por qué esperar días, hasta semanas, por una carta? ¿Por qué? Creo que los que llegamos a escribir cartas a nuestras amistades o a algún gran amor sabemos por qué: la emoción que rodea todo el proceso. Recordamos la alegría a la hora de escoger el papel y el sobre con los mejores diseños antes de escribir la misiva. Algunos escribían en un color de bolígrafo en específico; otros enviaban dentro de los sobres pequeños obsequios: una foto, un marcador de libros, un recorte de periódico, etc. Pero si eso era emocionante, más lo era esperar la respuesta de la carta. ¿Cuánto se tardaría en responder? A eso había que añadirle el hecho si la persona vivía en otro país: después de escrita, hasta una semana si era E.E.U.U. y dos semanas si era Europa. ¿Y si mi carta nunca llegó? ¿Y si su respuesta se extravió? Entonces, cuando íbamos al buzón, allí estaba: sentadita muy quieta, escondida detrás de las otras cartas que solo hablaban de deudas. Tomábamos la carta en las manos y nos encerrábamos en el cuarto a leer. Nos fijábamos en los trazos de cada letra, en el tipo de papel; leíamos cada oración lentamente y escuchábamos la voz de la otra persona resonar en nuestra memoria. Reíamos con las anécdotas y los chistes de los amigos; llorábamos con las noticias tristes de algún familiar; suspirábamos con los requiebros de amor. 

 

Tal vez todos ustedes me entiendan; tal vez solo me entiendan algunos. Quizás uno que otro me mira con ternura porque verá en mis palabras algún recuerdo, alguna añoranza, alguna nostalgia. ¡Quién sabe! Es posible que haya un poco de todo o nada. No crean que voy a abandonar toda la modernidad de la tecnología para encerrarme en el siglo XIX de las utopías. ¡Qué va! A mí me encanta la tecnología y el internet me permite hablar con ustedes, que viven en diferentes países. No obstante, de vez en cuando quisiera escribir una misiva; quisiera vivir las emociones que vivía cuando lo hacía. Sé que todo es pura nostalgia o anhelo inconfeso, pero no se puede negar que hay una magia especial en el viejo arte de escribir cartas.